El telescopio espacial Nancy Grace Roman abandonó la Tierra el 30 de agosto de 2026 a bordo de un Falcon Heavy de SpaceX, iniciando un viaje de tres meses hacia el punto L2 del sistema Sol-Tierra, situado aproximadamente a un millón de millas de la Tierra. El último gran observatorio de la NASA está diseñado para estudiar la estructura a gran escala del universo (incluidas la materia oscura y la energía oscura), combinando un amplio campo de visión con capacidades de observación en el infrarrojo que le permitirán analizar enormes áreas del cielo a una velocidad muy superior a la del Hubble.
Incluso desde la perspectiva de los parámetros habituales de las misiones espaciales, Roman es un instrumento científico especialmente ambicioso. Se espera que su misión dure al menos cinco años, durante los cuales generará enormes cantidades de datos astronómicos y contribuirá a investigaciones que abarcan todo el ámbito de la ciencia planetaria. Es interesante señalar que el espejo principal del telescopio fue desarrollado originalmente para un programa estadounidense de satélites destinado a la seguridad nacional, antes de ser transferido a la NASA, donde el hardware fue reutilizado para la investigación científica civil. Una nave espacial que comenzó su desarrollo dentro de la arquitectura de seguridad nacional de Estados Unidos se utilizará ahora para investigar algunas de las cuestiones más fundamentales sobre el universo.
Introducido en 2018, el Falcon Heavy proporcionó a SpaceX una capacidad de lanzamiento pesado adecuada para misiones que superaban las necesidades del Falcon 9. Su arquitectura, basada en la combinación de tres núcleos de primera etapa del Falcon, lo hizo especialmente útil para misiones gubernamentales, científicas e interplanetarias de gran exigencia. Actualmente, el lanzamiento de Roman está siendo considerado como la misión final del Falcon Heavy, poniendo fin a una etapa concreta del ecosistema de lanzamientos espaciales de Estados Unidos.
La viabilidad del Falcon Heavy durante sus misiones anteriores dependió de todo un ecosistema compuesto por capacidad de fabricación, infraestructuras de lanzamiento, contratación pública, autorizaciones regulatorias, personal cualificado y misiones con suficiente valor para justificar su utilización. Por tanto, su retirada refleja cómo las capacidades de lanzamiento se están reorganizando en torno a sistemas más nuevos y a nuevos modelos de contratación, así como el impacto que esto puede tener sobre la estabilidad de la cadena de suministro.
El viaje de Roman hacia L2 también demuestra cómo el programa científico de la NASA depende actualmente de una infraestructura de lanzamiento que incluye sistemas operados por empresas privadas. El telescopio forma parte de un programa científico público; el Falcon Heavy es operado por SpaceX; y la actividad se desarrolla dentro de un marco regulatorio mediante el cual Estados Unidos autoriza y supervisa las actividades espaciales comerciales. Estas relaciones son jurídicamente relevantes porque la responsabilidad internacional sigue correspondiendo al Estado, incluso cuando la actividad es realizada por una entidad no gubernamental.
Este modelo permite al Gobierno contratar servicios de lanzamiento sin tener que poseer y operar directamente todos los componentes del sistema de lanzamiento. Al mismo tiempo, significa que los programas públicos quedan vinculados a la situación y estabilidad comercial de las infraestructuras privadas.
Sin embargo, la posición jurídica no ha sido privatizada. El artículo VI del Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre establece que los Estados mantienen la responsabilidad internacional por las actividades nacionales realizadas en el espacio ultraterrestre, ya sean llevadas a cabo por organismos gubernamentales o por entidades no gubernamentales. Asimismo, exige que las actividades realizadas por entidades no gubernamentales cuenten con la autorización y supervisión continua del Estado correspondiente.
Por tanto, la participación de una empresa privada de lanzamiento modifica la estructura operativa de una misión, pero no elimina la responsabilidad jurídica internacional del Estado. El artículo VII añade un régimen específico relativo a la responsabilidad por los daños causados por un objeto espacial o por sus componentes. Posteriormente, el Convenio sobre Responsabilidad desarrolló este marco, definiendo el concepto de objeto espacial de manera que incluye tanto sus componentes como el propio vehículo de lanzamiento, y estableciendo diferentes criterios de responsabilidad en función del lugar donde se produzca el daño.
Roman constituye, por tanto, un ejemplo útil de la distinción entre capacidad comercial y responsabilidad gubernamental. En resumen, el telescopio forma parte de una misión de la NASA, mientras que el lanzamiento es proporcionado comercialmente y la infraestructura que lo sustenta permanece sujeta a la regulación nacional. En última instancia, el derecho espacial internacional continúa operando por encima de estas relaciones. Esta jerarquía normativa significa que un Gobierno puede mantener la responsabilidad jurídica sobre una actividad espacial mientras depende de una infraestructura que no posee directamente. Para algunas misiones, esta dependencia puede ser asumible. Para otras, especialmente aquellas relacionadas con la ciencia planetaria, como en el presente caso de estudio, la disponibilidad de proveedores alternativos se convierte en un elemento esencial para garantizar la misión.
Las cuestiones jurídicas también adquieren importancia cuando cambia la disponibilidad de esa capacidad privada. El Falcon Heavy está siendo retirado en un momento en el que la arquitectura de lanzamientos de SpaceX está evolucionando hacia el Falcon 9 y Starship, mientras que la NASA continúa contratando servicios de lanzamiento en función de las necesidades específicas de cada misión.
Por tanto, un programa gubernamental puede seguir siendo jurídicamente responsable de una actividad mientras depende, desde el punto de vista operativo, de capacidades desarrolladas y mantenidas fuera del Estado. La disponibilidad de un servicio de lanzamiento se convierte así en parte de la propia capacidad operativa del programa.
Roman constituye un ejemplo especialmente útil porque el telescopio representa una importante inversión pública y una misión que no puede separarse fácilmente de la infraestructura necesaria para situarlo en su trayectoria. La selección del vehículo de lanzamiento, la integración de la carga útil, el acceso al lugar de lanzamiento, las autorizaciones regulatorias y la programación de la misión forman parte del proceso que conecta una nave espacial terminada con sus objetivos científicos.
El derecho establece quién asume la responsabilidad por la actividad, pero la responsabilidad, por sí sola, no crea una fuente alternativa de capacidad de lanzamiento cuando un sistema comercial deja de estar disponible.
La misma relación está surgiendo en los programas espaciales nacionales. Los Estados no necesitan reproducir todos los elementos de un ecosistema espacial dentro de sus propias fronteras y, en muchos casos, hacerlo sería económicamente inviable. La contratación de servicios comerciales puede proporcionar acceso a capacidades que, de otro modo, requerirían un gasto público considerable.
Por tanto, la cuestión de la gobernanza consiste en determinar cómo se integran esas capacidades externas en los programas nacionales: qué funciones permanecen bajo control gubernamental, cuáles se confían a proveedores comerciales, qué alternativas existen si un proveedor o sistema deja de estar disponible y cómo se mantiene la responsabilidad jurídica a lo largo de la cadena de actores resultante.
