Durante la mayor parte de la historia humana, el espacio ha representado tanto distancia y misterio como, más recientemente, posibilidad. Debido a su permanencia y naturaleza crítica, cada vez se asemeja más a una forma de infraestructura necesaria para la vida diaria. Esto se debe a que los satélites ayudan en la navegación, respaldan los sistemas financieros, permiten las telecomunicaciones y monitorean las condiciones climáticas, además de sostener importantes sistemas militares, civiles y de seguridad. Sin embargo, a medida que aumenta la dependencia de los sistemas orbitales, también crece la presión sobre el entorno espacial. Lo que antes era un espacio vacío ahora es una frontera congestionada y disputada, lo que la hace cada vez más frágil.
Durante la misión Artemis II, la realidad de este problema ambiental quedó en evidencia. Antes de que la tripulación pudiera escapar de la gravedad terrestre y dirigirse hacia la Luna, la nave Orion tuvo que atravesar distintas capas de tráfico orbital, ya saturadas no solo de satélites, sino también de fragmentos de objetos espaciales y equipos inactivos. Este viaje resaltó una verdad incómoda: la expansión de la humanidad en el espacio depende de un entorno que se vuelve cada vez más difícil de gestionar a medida que aumenta el número de actores y misiones espaciales.
Según estimaciones recientes de las Naciones Unidas (ONU), actualmente existen más de 130 millones de fragmentos de basura espacial orbitando la Tierra, desde naves abandonadas hasta pequeños restos creados por explosiones y colisiones. Aunque una parte de estos objetos es monitoreada activamente, incluso los fragmentos más pequeños pueden resultar extremadamente destructivos debido a la enorme velocidad a la que viajan. De hecho, la NASA afirma que algunos de estos fragmentos se desplazan a velocidades de hasta 15 kilómetros por segundo, casi diez veces más rápido que una bala.
Aunque el espacio es comúnmente conocido como un vacío, esto no significa que los objetos permanezcan estáticos. Como ya se mencionó, los objetos espaciales ocupan distintas posiciones a lo largo de la llamada “autopista orbital”. Estas ubicaciones son valiosas para usos cotidianos como las comunicaciones, el pronóstico del clima, la navegación y la observación de la Tierra, entre otros. La órbita baja terrestre (LEO, por sus siglas en inglés), ubicada aproximadamente entre 500 y 600 kilómetros de altitud, se ha convertido en una de las regiones más densamente pobladas del espacio, con más de 4000 satélites activos en funcionamiento. Estos satélites son administrados por cientos de entidades comerciales, gubernamentales y de investigación en decenas de países.
La congestión espacial tiene la desafortunada consecuencia de aumentar el riesgo de colisiones y, cuando las naves espaciales chocan, pueden generar miles o incluso millones de fragmentos adicionales, incrementando aún más la probabilidad de futuros impactos. Este peligro es acumulativo, como quedó demostrado en 2009, cuando ocurrió una colisión entre un satélite estadounidense en funcionamiento y una nave militar rusa fuera de servicio. Esto produjo enormes campos de desechos que aún hoy continúan siendo monitoreados. Estos eventos generan preocupación por un proceso en cadena conocido como el Síndrome de Kessler, en el cual las colisiones generan más basura espacial, provocando a su vez nuevas colisiones. En su forma más grave, ciertas órbitas podrían volverse temporalmente inutilizables.
Además de los riesgos técnicos y operativos, también existen factores económicos que deben considerarse. La OCDE estima que aproximadamente 191 mil millones de dólares en actividad económica orbital están expuestos a riesgos relacionados con la basura espacial. Entre los numerosos tipos de satélites en uso, los satélites meteorológicos, los sistemas de monitoreo de desastres y las naves científicas se encuentran en algunas de las zonas de mayor riesgo. Lo más importante es que casi toda esta exposición no proviene de naves activas, sino de objetos fuera de servicio y restos de cohetes abandonados de misiones anteriores.
La sostenibilidad espacial se refiere, por lo tanto, al uso a largo plazo del espacio exterior de manera que preserve los entornos orbitales para las futuras generaciones, manteniendo al mismo tiempo un acceso seguro y confiable a la infraestructura espacial. Esto incluye aspectos como:
● Mitigación de desechos espaciales
● Eliminación responsable de satélites
● Reducción del impacto ambiental durante el lanzamiento y el reingreso de naves espaciales.

Este problema es cada vez más urgente, ya que más de 9500 satélites activos orbitan sobre la superficie terrestre. Por ello, las consideraciones ambientales están en el centro de las discusiones sobre sostenibilidad espacial. Con cada lanzamiento, se liberan hollín, partículas de aluminio y compuestos químicos en la atmósfera superior. Estas emisiones pueden alterar la química atmosférica y contribuir negativamente al deterioro de la capa de ozono. Además, las naves espaciales que reingresan a la atmósfera dejan residuos metálicos y óxidos que pueden afectar la manera en que la luz solar interactúa con la atmósfera. Aunque las investigaciones continúan, los primeros hallazgos sugieren que la actividad espacial también puede influir en sistemas ambientales más amplios incluso en la Tierra.
Como resultado, surge un desafío de gobernanza. Los marcos legales existentes, como el Tratado del Espacio Exterior de 1967, establecieron principios generales sobre el uso pacífico del espacio y la contaminación dañina, pero fueron diseñados para una economía espacial mucho más pequeña. Actualmente, el entorno regulatorio está fragmentado, y organismos como el Comité de las Naciones Unidas para el Uso Pacífico del Espacio Exterior (UNCOPUOS), la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) y las autoridades nacionales de licencias regulan distintos componentes, sin existir un marco ambiental unificado para el espacio. Debido a ello, el cumplimiento de las normas sigue siendo desigual. Las recomendaciones de limpieza orbital sugieren que los satélites deben retirarse dentro de un período determinado después de finalizar su misión. Sin embargo, evaluaciones de la OCDE indican que solo el 55% de los satélites cumplió con las directrices de eliminación en 2022. Aunque existen estándares voluntarios, estos suelen carecer de mecanismos efectivos de aplicación.
Esto ha dirigido la atención hacia la innovación en políticas públicas, donde actualmente están surgiendo diversos enfoques. Por ejemplo, las regulaciones de control y supervisión podrían ayudar a imponer normas obligatorias para la eliminación de satélites y desechos espaciales. Los sistemas basados en incentivos (como impuestos orbitales, bonos reembolsables por cumplimiento o licencias vinculadas a la sostenibilidad) también podrían fomentar un comportamiento responsable mientras se mantiene la flexibilidad del mercado. Finalmente, los sistemas voluntarios de calificación podrían influir en las preferencias de inversionistas y aseguradoras al recompensar a los operadores que demuestren prácticas orbitales sostenibles.
Lo más importante es que la evidencia proveniente de la economía ambiental sugiere que la regulación no necesariamente frena el crecimiento. Investigaciones realizadas por la OCDE indican que los estándares ambientales suelen estimular la innovación al incentivar a las industrias a desarrollar tecnologías más limpias y eficientes. En el sector espacial, esto podría acelerar avances en sistemas autónomos para evitar colisiones, eliminación activa de desechos espaciales, componentes reutilizables de naves espaciales y sistemas de propulsión más limpios, entre otros.
La sostenibilidad espacial es un requisito fundamental para la permanencia de la futura economía espacial. Se ha señalado en numerosas ocasiones que el entorno orbital de la Tierra se asemeja a una infraestructura crítica y, aunque es invisible, sigue siendo indispensable. Al igual que los océanos, el espacio aéreo e incluso las redes digitales, requiere innovación responsable y una adecuada gestión. Las decisiones que se tomen hoy respecto a la mitigación de desechos, los estándares ambientales y la gobernanza orbital ayudarán a determinar si el espacio seguirá siendo utilizable en las próximas décadas. Si el siglo XX estuvo definido por el acceso al espacio, entonces el siglo XXI estará definido por cómo lo preservemos para las futuras generaciones.
